Ceibo Gallery & Barrakesh

Exposición: Despaisaje

Artistas: Blanca Machuca, Adrián Sosa, Alfredo Frías, Guadalupe Carrizo y Agustina Lazarte

Texto de Sala

¿Qué le sucede al suelo cuando una línea trazada por la codicia se convierte en una herida abierta? Durante siglos, la mirada colonial nos enseñó a leer el paisaje como una geografía vacía, un escenario pasivo listo para ser devorado. Pero el territorio no es un fondo neutro: es carne expuesta, una superficie marcada por la violencia de la demarcación y el extractivismo agroindustrial. Cada planta, cada partícula de polvo y cada cuerpo que habita el monte está atravesado por las tecnologías del despojo. En los trabajos que aquí se encuentran, venidos de la espesura histórica de Tucumán, la materia no denuncia desde afuera: encarna el trauma, sostiene la cicatriz y activa la memoria de la tierra.

El cercamiento es la primera arquitectura de la expropiación. Antes de la ley escrita o de la frontera cartográfica, el despojo comienza con un madero talado y clavado con saña en la tierra para tensar un alambre de púas. Esa línea de hierro fractura lo común, expulsa a las comunidades y somete la vida al ritmo de la acumulación. En la sala, Adrián Sosa toma esos postes y esos metales y los devuelve con toda su aspereza: son el testimonio físico de la partición del monte. Pero ese poste adquiere una dimensión aún más sobrecogedora en resonancia con el trazo de Alfredo Frías. Al convocar la memoria del pelotón de fusilamiento, Frías revela el hilo conductor de la disciplina patriarcal y estatal: la estaca que confina el potrero y el poste del cadalso son la misma madera, la misma tecnología del exterminio. El cerco no solo separa lo propio de lo ajeno; mutila el pulso silvestre de todo lo que insiste en brotar en los márgenes.

Ante el filo que tala y envenena —la macheta del zafrero o el disco de arado que Sosa convierte en escudo protector—, emerge la urgencia del remiendo, la escucha y el amparo. La agresión de la monocultura encuentra su contra-pedagogía en las manos textiles de Blanca Machuca y Guadalupe Carrizo. En La piel, Machuca teje una membrana de veintiocho metros a partir de sus propios vestidos acumulados durante dos décadas. La prenda deja de ser desecho doméstico para volverse una segunda dermis política: el cuerpo de la mujer convertido en trinchera y archivo vivo. Una conversación directa con Las cinco pieles de Carrizo, donde el textil registra el impacto de las quemas y la lluvia tóxica del agronegocio. Frente a la devastación química, Carrizo no se repliega: inventa una farmacopea insumisa, extrayendo tinturas de aquellas hierbas que aprendieron a desafiar al glifosato y fijando en la tela el barro y los óxidos del camino. Esa disputa sobre lo cotidiano se traslada a la vajilla y al cartón de Agustina Lazarte, al pintar carros de tracción a sangre y alimentos populares sobre loza o descarte industrial, Lazarte subvierte el decorativismo burgués para afirmar la dignidad del trabajo de subsistencia.

Caminar esta exhibición exige renunciar al consumo visual inmediato. El tizne del ingenio azucarero, la ceniza, el óxido y el hilo trenzado reclaman un tiempo de escucha. No estamos frente a representaciones de una crisis, sino ante la persistencia vibrante de una tierra que guarda memoria del trabajo y del dolor. Aun bajo el asedio del cerco y del veneno, estas obras dan testimonio de aquello que ningún alambrado puede quebrar: la terca obstinación de lo que respira y resiste.

Natalia Sosa Molina

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