I.
¿Dónde te ubicas cuando te ponés frente a algo que renuncia a explicarse?
¿Por qué nos cuesta tanto permanecer en lo que no pide nombre?
Quizás renunciar al control es, después de todo, una forma de duelo. Desplazarse de la propia obra hasta ser casi nada: un sismógrafo cansado, una mano que pasa el grafito sobre la corteza seca de una piedra para ver si todavía queda algo allí.
Mirá de cerca: la tela no sostiene una idea individual; sostiene una negociación táctil. Un estudio sin jerarquías donde el crujido del terreno, los pasos del afuera y una taza de café por la mañana valen exactamente lo mismo.
¿Podés habitar este espacio sin la urgencia de clasificarlo?
II.
¿De qué está hecho el color que estás mirando?
Hervir cáscaras de cebolla. El carozo de una palta guardado después de almorzar. El eucalipto comprado en la floristería de la esquina.
No hay una ecología heroica en esto; hay la inscripción del diario doméstico en la tela. Albers decía que el color no es un hecho, sino un mentiroso: muda, duda, engaña según el entorno que lo acecha.
La superficie no quiere representar un paisaje. Lo quiere transportar.
¿Cuánto de nosotros mismos como un caracol llevamos encima sin darnos cuenta?
III.
¿Qué pasa en el silencio que hay entre el número y el dos?
Fijate bien en los puntos de apoyo:
En la fuerza de gravedad como una toma de posición
Bloques rígidos que se repelen y se necesitan al mismo tiempo para no caer, unidos solo por la tracción de una tela.
¿No es esta la misma micro-infraestructura con la que sostenés hoy tus afectos?
¿Cuánta fragilidad hace falta para que algo se mantenga en pie sin volverse violento?
IV.
Hay una columna en el centro de la sala que aguanta el peso del techo.
Fijate en la operación: envolver nuestros deseos con maderas y telas, forzar un cabestrillo para sostener lo que ya sostiene todo el edificio. ¿Es un gesto absurdo o es una advertencia?
Sostener lo que sostiene. Evidenciar que la estabilidad de esta arquitectura —y de las estructuras que habitás afuera— es solo una condición temporal. Un permiso precario.
Si escuchás con atención, el audio de la sala no ofrece consuelo ni armonía. Hay interferencia, ruidos sueltos, murmullos que no terminan de armar una frase.
V.
¿Es la pared un fondo neutro o un estrato geológico desplazado?
La imagen no nace adentro; pasa a través del cuerpo.
Estas maderas en el suelo no son objetos decorativos para rodear con la mirada. Imponen un freno. Te obligan a negociar la presencia de tu propio peso frente al volumen de la materia. Quizás esto solo sea devolvernos, aunque sea por un instante, la sospecha de nuestra propia gravedad.
No podés mirar la tela sin tropezar con la madera.
VI.
¿Qué hacemos con las palabras que sobran?
Los diarios de proceso, los fragmentos escritos en la libreta, las frases sueltas que no llegaron a ser teoría. Si están acá, no es para explicarte nada. Son un murmullo de fondo, un guion mudo, una traducción que nunca termina de cerrar entre la voz que anota y el tronco que resiste la caída.
Al final, me pregunto si venir a una muestra no será solo otra forma de ensayar, con incertidumbre, el modo en que nos seguimos sosteniendo.